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Las Otras Invasiones De Inglaterra (II)

Posted on 3:15 PM by Tina


El fracaso de los intentos de conquistar Inglaterra (como el de la Armada Invencible o la batalla de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial) ha contribuido al mito de que la insularidad británica constituye una defensa infranqueable para los ejércitos enemigos desde la invasión normanda de Guillermo el Conquistador en 1066, última vez en que una fuerza extranjera tuvo éxito en la conquista de Inglaterra. Sin embargo, durante los siglos XIV y XV hasta en cuatro ocasiones se produjeron desembarcos desde el continente que buscaban y lograron deponer al ocupante del trono inglés, si bien es cierto que en algún caso contaron con ayuda interna. Y una quinta invasión dominó buena parte del país y se instaló en Londres aunque finalmente fracasó. Esta es la historia de «las otras invasiones de Inglaterra».
Entrada anterior: Las otras invasiones de Inglaterra (I)
II.- 1326: Isabel, la Loba de Francia, contra Eduardo II.
El reinado de Eduardo II de Inglaterra había igualado en su desastroso desarrollo al de su abuelo Juan sin Tierra. Había puesto el gobierno en manos de sus favoritos (y según muchos, amantes) Piers Gaveston primero, y Hugh Despenser después, a los que colmó de bienes y de honores. Esto le había hecho ganarse la enemistad de los principales barones del país (algunos de los cuales fueron encarcelados o huyeron del país para evitarlo o tras escapar de la prisión) y se había generalizado la costumbre de ejecutar a los enemigos de cada bando sin proceso alguno o tras simulacros de juicios, siendo las principales víctimas por un lado el propio Gaveston y por el otro el primo del rey, Tomás de Lancaster. A ello se sumaba la dolorosa derrota sufrida contra los escoceses de Robert the Bruce en Bannockburn en 1314, más simbólica si cabe si el rey derrotado era el hijo del gran y terrible Eduardo I Longshanks.
[caption id="attachment_9573" align="alignleft" width="300"]AEF03B6D-AEFB-4DBF-BA15-614F5E2287F4Sophie Marceau como Isabel de Francia[/caption]
Entre los descontentos con la evolución del reinado de Eduardo II jugaba un papel destacadísimo su propia esposa, Isabel de Francia. No puedo dejar de aprovechar la ocasión para señalar que el papel que se le hace jugar a Isabel (interpretada por Sophie Marceau) en la película Braveheartno puede estar más alejado de la realidad. De entrada, en el período de mayor protagonismo de William Wallace (1297-1298), Isabel era una niña de cinco años; pero además, Wallace fue ejecutado en 1305, mientras que Isabel no puso pie en Inglaterra (no ya en Escocia) hasta 1308, tras contraer matrimonio con Eduardo II.
Fue precisamente el festín nupcial de la pareja el primer motivo de roces entre ellos. En la coronación de Eduardo e Isabel, Gaveston ocupaba un lugar de privilegio y el rey le concedió el gran honor de ser el encargado de portar la corona de Eduardo el Confesor. Y en el banquete de bodas eran los escudos de Eduardo y Gaveston los que estaban uno junto al otro, mientras el rey dedicaba toda la ceremonia a hablar y reír con su favorito ignorando a la novia.
Isabel estaba más que harta de las humillaciones padecidas a manos de su esposo, primero con Gaveston y luego con Despenser, de los recortes en su asignación (que le hicieron escribir a su hermano Carlos IV, rey de Francia, quejándose de que vivía como una sirvienta), y de que se le hubiese colocado entre su séquito a la mujer de Despenser para espiarla.
Cuando en 1326 Eduardo II envió a su esposa a negociar con su hermano el rey de Francia la paz, Isabel cumplió con su embajada consiguiendo una frágil tregua en Gascuña. Pero concluida la misma no retornó a Inglaterra (comprensiblemente no tenía deseos de volver a la indeseable vida que llevaba allí) sino que alargó su estancia en Francia mientras se discutía si Eduardo II debía viajar a Francia para rendir homenaje por Gascuña a Carlos IV de Francia.
El rey inglés ni podía dejar su reino ni quería humillarse a jurar al monarca francés como señor feudal. Como solución de compromiso se acordó que el príncipe de Gales Eduardo viajaría en lugar de su padre, recibiría los títulos de duque de Aquitania y Poitou que correspondían a Gascuña y prestaría en nombre propio el juramento al rey de Francia por tales títulos.
Desde su llegada a Francia, Isabel había estado en tratos con los señores ingleses que se habían asentado en el continente para huir de la tiranía de Eduardo II y Hugh Despenser. Su comunión de interés se vio reforzada cuando la reina se convirtió en amante del más prominente de los exiliados, Roger Mortimer, que meses antes había huido de su cautiverio en la Torre de Londres.
[caption id="attachment_9574" align="alignright" width="300"]5B3A5724-218A-4F02-9DB9-7D67123FF73BTorre de Londres[/caption]
Pero cualquier plan que tuviesen de volver a Inglaterra para combatir al rey y a su valido (que se había apropiado de todos los títulos y territorios de Mortimer) se veía frenado por la reina, que no quería poner en peligro a su hijo primogénito Eduardo, pensando que el rey pudiera usarlo para hacerla pagar por su traición.
Fue después de que el príncipe de Gales viajara al continente y completara la ceremonia de homenaje al rey de Francia, cuando Isabel se atrevió a contestar a los requerimientos de su esposo para que ella y su hijo regresaran a Inglaterra en una carta en la que decía:
El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer para llevar una vida en común. Pero alguien se ha interpuesto entre mi esposo y yo tratando de romper el vínculo. Declaro que no volveré hasta que este intruso sea expulsado. Llevaré ropas de luto hasta verme libre de ese fariseo.
Cuando se enteró de la relación entre su esposa y Mortimer, Eduardo II convenció al papa para que instase a Carlos de Francia a dejar de consentir esta situación en su reino. El rey francés conminó a la pareja a dejar Francia, pero Mortimer ya había buscado acomodo para ellos en el condado de Henao donde se encontró una esposa para el joven heredero inglés y se dispuso todo lo necesario para invadir la isla.
El 24 de septiembre de 1326, una flota de noventa y seis barcos desembarcó en Inglaterra, llevando una pequeña fuerza de mil quinientos hombres, mercenarios alemanes y flamencos y la flor y nata del exilio inglés, todos ellos dirigidos por la reina y su amante Roger Mortimer (para entonces la pareja había aparecido abiertamente en público en diversos actos, por lo que la situación no era ningún secreto en Inglaterra). Les acompañaba el príncipe de Gales, que por entonces contaba trece años.
Eduardo II y Despenser se vieron sorprendidos, puesto que esperaban una invasión orquestada por Francia y desde Normandía, y no una pequeña fuerza desembarcando más al norte y procedente de Flandes. Además, años de gobierno tiránico, ejecuciones, expropiaciones y descontento general acabaron haciendo realidad el dicho de que quien siembra vientos recoge tempestades y esa pequeña fuerza invasora pronto se vio apoyada multitudinariamente dentro de la propia Inglaterra. Sobre todo cuando la propaganda que Mortimer e Isabel hicieron correr por todo el territorio indicaba que venían a salvar al reino y al propio rey de la perniciosa influencia de Despenser y que este era el verdadero objetivo que perseguían.
Mientras Eduardo y Hugh Despenser dejaban Londres y huían hacia Gales, donde trataron de armar un ejército para oponerse al implacable avance de Isabel y Mortimer, los leales al monarca pagaban con su vida el amotinamiento de los habitantes de las ciudades o tenían que huir para salvarse.
El 26 de octubre de 1326 Mortimer tomaba el castillo de Bristol, donde el padre del favorito del rey se hallaba refugiado. Este fue ejecutado sumariamente mientras Eduardo y Hugh Despenser el Joven trataban de huir a Irlanda, pero las malas condiciones del mar les obligaron a volver a refugiarse en Gales.
Este movimiento del rey hizo que Isabel y Mortimer pusieran las cartas boca arriba respecto de cuáles eran sus intenciones sobre el futuro del reino si la invasión triunfaba. Publicaron una proclama en Bristol, suscrita por todos los grandes señores y eclesiásticos del reino (incluidos los dos hermanastros del rey, hijos del segundo matrimonio de Eduardo I), en la que hacían saber que, por acuerdo de la comunidad del reino, y dado que el monarca había abandonado el país, se le desposeía de su autoridad y su hijo Eduardo, príncipe de Gales y duque de Aquitania, asumía el gobierno como regente de Inglaterra. El 26 de octubre de 1326, a sus catorce años, y bajo el estricto control de Isabel y Mortimer, Eduardo asumió sus nuevas responsabilidades.
Entretanto, abandonados por casi todos sus seguidores y perseguidos por una partida encabezada por el conde de Lancaster, el rey y su valido huían desesperadamente de castillo en castillo y de abadía en abadía, hasta que inevitablemente fueron detenidos. En Hereford, en noviembre de 1326, en una parodia de juicio Despenser fue considerado culpable de alta traición y ejecutado.
Pero Eduardo II no podía correr igual suerte. Era un rey coronado en la abadía de Westminster y estaba rodeado del aura sagrada que se atribuía a los monarcas medievales. Además, todo el sistema legal y de gobierno inglés descansaba en la existencia de un monarca como cabeza visible del país. Todavía faltaba mucho para llegar a los tiempos en los que, en 1649, los ingleses se atreverían a juzgar y condenar a muerte a un rey. Pero también era evidente que las heridas abiertas durante el reinado de Eduardo II y su manifiesta incapacidad para gobernar hacían imposible que esta rebelión terminara, simplemente, con Despenser ejecutado y el monarca repuesto en el trono. Y desde luego ni Isabel de Francia ni Roger Mortimer estaban dispuestos a correr el riesgo de sufrir la venganza de un despechado Eduardo II si este recuperaba el poder.
Tampoco estaba Inglaterra madura para plantearse dar el paso de deponer a un rey, pues no quedaba claro en absoluto quién podía tener autoridad para hacerlo (estaba muy arraigado el concepto de la intervención del designio divino en la institución de la monarquía y en la elección de sus representantes) y las consecuencias que este precedente podía traer. La única opción viable era convencer a Eduardo II para que fuera él mismo quien diera el paso de renunciar a la Corona, abdicando y cediendo el trono a su hijo. Tampoco iba a resultar fácil que él admitiese esta solución.
Se convocó una reunión del parlamento en enero de 1327 donde los principales eclesiásticos del reino (el último en hablar fue el arzobispo de Canterbury) leyeron preceptos bíblicos condenando a los malos gobernantes y a los culpables de sodomía (para entonces Mortimer e Isabel se habían preocupado de extender las habladurías sobre la relación entre Eduardo y Despenser). Canterbury concluyó presentando al pueblo al príncipe de Gales e instándoles a que juraran protegerle a él y sus derechos.
Mientras tanto, Eduardo estaba preso en Kenilworth. Una delegación de veinticuatro nobles y obispos fue enviada para tratar de convencer al rey de que abdicara en su hijo. El monarca se negó, pero ante la amenaza de que sería depuesto y de que el rey elegido para sustituirle no llevaría la sangre de los Plantagenet, finalmente, el 24 de enero de 1327, comunicó al país que renunciaba oficialmente en favor de su hijo.
Pero si los pasos para destronar a un rey habían constituido un difícil y desconocido camino para la Inglaterra del siglo XIV, el cómo lidiar con un antiguo rey que se había visto forzado a abdicar era una situación más complicada y desconocida aún. Cautivo en diferentes castillos, era un objetivo muy goloso para convertirse en el banderín de enganche de los descontentos con el cariz que el gobierno de Mortimer iba adquiriendo.
[caption id="attachment_5603" align="alignleft" width="295"]img_2472Sepulcro de Eduardo II (Catedral de Gloucester)[/caption]
Hasta tres intentos se produjeron para liberar a Eduardo de Caernarfon (como era nuevamente conocido Eduardo II); uno mientras estaba en Kenilworth y dos en su último lugar de reclusión, el castillo de Berkeley. Fue precisamente allí donde moría el 23 de septiembre de 1327. Según la noticia que se hizo llegar a su hijo, su muerte fue por causas naturales. Sin embargo, pronto empezaron a correr los rumores de que había sido asesinado y que el responsable de dar la orden de matarlo era Roger Mortimer. Poco a poco se fueron añadiendo detalles macabros sobre la forma de su muerte que hacían alusión a un castigo simbólico y sangriento por su condición de sodomita (concretamente se decía que se le había introducido una barra de hierro al rojo vivo por el recto). Sea como sea, Eduardo II fue enterrado el 20 de diciembre de 1327 en Gloucester y se inició el reinado de su hijo Eduardo III.
Pero el nuevo rey era un ejemplo de la especie de ruleta rusa genética de la dinastía Plantagenet, que alternaba grandes y terribles monarcas con reyes débiles e influenciables. Eduardo III pertenecía al primer grupo. Con solo diecisiete años lideró un golpe de mano que tomó por asalto el castillo de Nottingham donde se encontraban Mortimer e Isabel. Mortimer fue hecho preso y ejecutado e Isabel apartada de la primera línea política (aunque luego volvió a ser usada con fines diplomáticos). Eduardo III gobernaría con mano firme Inglaterra durante los siguientes cuarenta y siete años y dio inició a la guerra de los Cien Años en la que él y sus descendientes reclamaron la corona de Francia.
Artículo publicado originalmente en el Número 13 de la revista Descubrir la Historia.
Imágenes| Archivo del autor.
Fuente| Daniel Fernández de Lis: Los Plantagenet

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VINCENT VAN GOCH Y EL JAPONISMO

Posted on 4:16 AM by Tina

La historia del arte se volvió un movimiento global a partir del siglo XIX, el siglo en el que Europa se abrió al mundo. La relación artística entre la vanguardia europea y Japón en el siglo XIX es uno de esos flujos interculturales. Vincent van Gogh (1853-1890) estuvo profundamente interesado por Japón. El Museo Van Gogh en Ámsterdam, en colaboración con tres museos japoneses, ha montado la exposición más completa hasta la fecha para explorar esa inspiración, "Van Gogh & Japan", que estará abierta hasta el 24 de junio de 2018.


La exposición de Ámsterdam es más grande que una versión anterior que recorrió Tokio, Sapporo y Kyoto. Aquí se incluyen 60 obras, casi todas las pinturas más importantes de Van Gogh, que hacen referencia directa o indirecta al arte japonés. Además se exponen cerca de unos 50 grabados japoneses que desempeñaron un papel en el desarrollo del estilo distintivo de Van Gogh, así como laca japonesa y pergaminos pintados.

En la misma se nos muestra, al principio, el inicio de Van Gogh como coleccionista de la moda japonesa, como mucho de sus contemporáneos. De ahí al Van Gogh copista que se interesa por descubrir y aprehender la esencia de los grabados ukiyo-e y escritos japoneses. Y luego, al Van Gogh que intenta asimilar la ética o forma de vida del artista japonés para intentar fundar una comunidad de artistas franceses de ideas afines. Y, por último, al Van Gogh que asimila los rasgos artísticos de la pintura japonesa para hacerlos suyos.


Van Gogh, descubriendo el arte oriental

Durante la segunda mitad del siglo XIX hubo en Europa una gran admiración por todo lo japonés. Inicialmente, a Vincent no le llamó la atención esta moda, ya que en los Países Bajos pocos artistas conocían nada del arte japonés. El gusto por el japonesismo sí que era una tendencia desde mediados de la década de los 60 en París. Maestros del grabado japonés del final del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX como HokusaiHiroshige y Utagawa Kuniyoshi eran admirados y coleccionados por todos los que estaban a la última en Europa.

Utagawa Kunisada, El Cuarto Mes de la serie de trípticos 'Los Doce Meses', 1884.


En el retrato de Édouard Manet de 1868 del novelista Émile Zola, una imagen de un luchador de Utagawa Kuniaki II colgaba en su estudio, mientras que un biombo asomaba parcialmente a su espalda. También Gran Bretaña se rindió al culto de este estilo cuando Whistler expuso pinturas como Nocturne: Blue y Gold - Old Battersea Bridge que estaban manifiestamente inspiradas en grabados japoneses.


En 1874, el mismo año en que surgió oficialmente el Impresionismo con la pintura de Claude Monet, Impresión, Sol Naciente, el coleccionista y crítico francés Philippe Burty acuñó el término Japonisme, que se traduce como japonismo. Claude Monet, por ejemplo, había amasado una impresionante colección de grabados en madera, la mayoría de los cuales aún cuelga en su casa de Giverny hoy. En su locura por lo japonés llegó a pintar a su mujer con quimono y rodeada de abanicos como una geisha en 1876. Casi todos los impresionistas se sintieron muy influidos por esta moda.

Y es que el arte japonés había estado oculto a los occidentales durante muchos años por el cierre de fronteras decretado por sus dirigentes. Cuando Japón se abrió al mundo a partir de 1859, el arte
y los artículos para el hogar japoneses inundaron Europa. Fue, sobre todo, en la Feria Mundial de Londres en 1862 y París en 1867 cuando el arte y los artículos para el hogar japoneses como kimonos, abanicos, sombrillas, laca y pantallas se convirtieron en una locura entre el público europeo.

El stand japonés en la Feria Mundial de Londres, 1862.



Los grabados fueron un éxito instantáneo entre los artistas occidentales, ya que diferían significativamente de lo que era habitual en Occidente. Los hacían especialmente atractivos por sus colores brillantes y exóticos eran. También era de admiración la concepción japonesa del espacio que ofrecía nuevos puntos de vista para el trabajo de los artistas occidentales.

Portada de la revista Le Japon artistique Diciembre de 1889. Edición francesa. Las curiosidades orientales fueron vendidas por vendedores de arte como el legendario Siegfried Bing en París. Bing publicó una revista entre mayo de 1888 y abril de 1891 dedicada al arte oriental y otros productos: Le Japon artistique. Vincent fue uno de sus lectores.





Van Gogh se encontró por primera vez con estampas japonesas en 1885 mientras trabajaba en la ciudad porteña belga de Amberes, cuyos muelles, según dijo, rebosaban de mercancías japonesas: eran "fantásticos, singulares, extraños", escribió. Vincent compró su primera colección de xilografías japonesas y las fijó a la pared de su habitación. Así lo describió a su hermano Theo el 28 de noviembre de 1885: "Mi estudio es bastante tolerable, principalmente porque he fijado un conjunto de grabados japoneses en las paredes que encuentro muy divertidos. Ya sabes, esas pequeñas figuras femeninas en jardines o en la costa, jinetes, flores, ramas retorcidas y espinosas". Unos meses después, el pintor se mudó a la casa de su hermano en París y juntos crearon una importante colección de grabados japoneses comprándoselos al marchante de arte alemán Siegfried Bing, que vendía obras de arte japonesas y objetos decorativos. Éste tenía un ático lleno de grabados japoneses a precios muy razonables (sólo unos centavos la pieza) por lo que compró cerca de 660 con la intención inicial de revenderlos.

Vincent Van Gogh. Tres novelas anverso y reverso, enero-febrero de 1887. Óleo sobre madera, 31.1 cm x 48.5 cm. Museo Van Gogh, Ámsterdam (Fundación Vincent van Gogh). Vincent pintó Tres novelas en la parte posterior de la tapa de una caja de madera de la empresa comercial Kiryu Kosho Kaisha. La firma vendió obras de arte japonesas y otros productos en el mercado europeo. Sabemos con certeza que Vincent compró grabados al marchante de arte Bing, pero la tapa sugiere que también visitó a este proveedor.


Pronto comenzó a ver los grabados como algo más que una curiosidad agradable, los tuvo en cuenta como un ejemplo artístico y pensó que eran iguales a las grandes obras maestras de la historia del arte occidental. Este cambio de actitud podría haber sido impulsado por amigos artistas como el pintor francés Henri de Toulouse-Lautrec, que fue un ávido coleccionista de objetos japoneses.


En 1887, durante su segundo año en París, Vincent organizó una exposición de sus grabados japoneses en Le Tambourin. La dueña de este café-restaurante era su entonces amante, Agostina Segatori. Allí la pintó con sus propios grabados en el fondo. Vincent esperaba venderlos, pero hasta donde sabemos, no hubo compradores. No sabemos exactamente cuán grande era la colección de grabados de Vincent en ese momento, aunque él dice en sus cartas que eran cientos. Como no las vendió se aferró a ellas y decidió utilizarlos para decorar las paredes de su estudio y utilizarlos como inspiración. Cerca de 500 sobreviven, y ahora son parte de la colección permanente del Museo Van Gogh.

Vincent van Gogh. En el Café: Agostina Segatori en Le Tambourin, París, enero-marzo de 1887. Óleo sobre lienzo, 55.5 cm x 47 cm. Museo Van Gogh, Ámsterdam (Fundación Vincent van Gogh).


Vincent van Gogh, Retrato de Julien Tanguy, 1887. Óleo sobre lienzo, 75 cm × 92 cm. Museo Rodin, París. Vincent pintó este retrato del proveedor de pinturas y marchante de arte Père Tanguy sobre un fondo de grabados japoneses. Probablemente pertenecían a su propia colección y fue pintado en su propio estudio. La mayoría de los grabados de la pintura se pueden identificar fácilmente. En la parte superior del sombrero de Tanguy esta el Monte Fuji; Actores de Kabuki comparten la pared con los cerezos en flor. 



Los tres grabados reconocidos. De Utagawa Kunisada, Actor en el papel de la cortesana Takao de la Casa Miura, de una serie sin título de actores con un poema, 1861. De Utagawa Hiroshige, Ishiyakushi: El cerezo Yoshitsune cerca del Santuario Noriyori, no. 45 de la serie Colección de ilustraciones de lugares famosos cerca de las Cincuenta y tres estaciones [A lo largo del Tōkaidō], 1855. Y del mismo Utagawa Hiroshige, El río Sagami, de la serie Treinta y seis vistas del Monte Fuji, 1858.



Van Gogh, asimilando las características artísticas. El efecto espacial y el color.

Los artistas japoneses a menudo dejaban vacío el campo medio de sus composiciones, mientras que los objetos en primer plano a veces se ampliaban. También excluían regularmente el horizonte, o recortaban bruscamente los elementos de la imagen en el borde. Los artistas occidentales aprendieron de todo esto que no siempre tenían que componer sus obras de arte de una manera tradicional.

Van Gogh pintó varias copias de grabados japoneses para explorar el estilo y el uso del color de los grabadores japoneses.

Vincent van Gogh. Cortesana, París, octubre-noviembre de 1887. Óleo sobre lienzo, 100.7 cm x 60.7 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam (Fundación Vincent van Gogh). Van Gogh basó esta pintura en un grabado en madera del artista japonés Kesai Eisen, famosos por sus retratos de mujeres. La impresión había sido reproducida en la portada de la revista Paris illustré en 1886 (pinchando sobre el enlace). Usó colores brillantes y contornos audaces, como si se tratara de un grabado en madera. Podemos decir que la mujer es una cortesana por su peinado y el cinturón (obi) que lleva, que está atado en la parte delantera de su kimono en lugar de en la parte posterior. Van Gogh la enmarcó con un estanque lleno de nenúfares, tallos de bambú, grullas y ranas. Esta escena tiene un significado oculto: grue (grúa) y grenouille (rana) fueron palabras en argot francés para 'prostituta'.



Vincent Van Gogh. Puente bajo la lluvia (después de Hiroshige), París, octubre-noviembre de 1887. Óleo sobre lienzo, 73,3 cm x 53,8 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam (Fundación Vincent van Gogh). Basó esta pintura de un puente en la lluvia en una impresión del famoso artista Utagawa Hiroshige de 1857(se puede ver pinchando en el enlace). Sin embargo, Van Gogh hizo los colores más intensos que en el original. Pintó este trabajo en un lienzo de tamaño estándar. Quería mantener las proporciones de la impresión original y dejó un borde, que rellenó con caracteres japoneses copiados de otras impresiones. 




Incluso cuando está copiando servilmente el arte japonés, Van Gogh no se parece en nada a un artista japonés. Cada impulso del pincel del holandés agrega algo propio. Transforma el cielo liso y melancólico en un grupo nublado de pinceladas. Una mancha azul-agrisada del agua de Hiroshige se convierte, pintada por Van Gogh, en un mar de colores intensos y matices. Las líneas negras de lluvia que forman una fría cortina en la imagen de Hiroshige son, según la visión de Van Gogh, violentas cuchilladas azules sobre el puente amarillo.

Vincent van Gogh. Floración de ciruelo, París, octubre-noviembre de 1887. Óleo sobre lienzo, 55,6 cm x 46,8 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam (Fundación Vincent van Gogh). Ésta copia se basa en el Ciruelo de Utagawa Hiroshige en Kameido(se puede ver pinchando en el enlace). Van Gogh reprodujo con precisión la composición pero hizo que los colores fueran mucho más intensos. Reemplazó el negro y el gris del tronco del árbol de Hiroshige con tonos rojos y azules. También agregó los dos bordes naranja con caracteres japoneses para un efecto decorativo y exótico.En este ejemplo, le dio a la imagen del huerto de ciruelos un marco naranja sobre el cual colocó caracteres japoneses. Los tomó prestados de otro grabado en madera para hacer su trabajo aún más exótico.




Vincent adoptó estos inventos visuales japoneses en su propio trabajo. Le gustaban los efectos espaciales inusuales, las extensiones de colores fuertes, los objetos cotidianos y la atención a los detalles de la naturaleza. Y, por supuesto, la atmósfera exótica y alegre.

Vincent van Gogh, Martín pescador por la orilla del mar, 1887 y Utagawa Hiroshige III, Jacinto de agua, andarríos y martín pescador, del álbum Nueva selección de pájaros y flores, 1871 - 1873. Vincent tomó la composición de esta pequeña pintura de una ilustración en un libro japonés de grabados. Se olvida del horizonte. 




En París, Van Gogh hizo algo más que simplemente copiar grabados japoneses. Fue influenciado en parte por su amigo artista Émile Bernard. Ese año 1887, este joven pintor, influido por los vitrales medievales y la estampa japonesa, estaba desarrollando una técnica que denominó Cloisonismo ("cloisonner"). Esta consiste en aplicar el color por zonas bien delimitadas por un trazo grueso generalmente negro. Esto deriva en figuras sencillas y planas en la que la perspectiva no importa. Los colores además debían ser decididamente opuestos, creando fuertes contrastes que hicieran vibrar la tela, volviéndola decididamente expresiva. Inspirado por Bernard, Van Gogh comenzó a suprimir la ilusión de profundidad a favor de una superficie plana, pero la combinó esta búsqueda con su característica pincelada de remolinos.

Vincent van Gogh. La Berceuse (Retrato de Madame Roulin), 1889. Óleo sobre lienzo, 92,7 x 73,7 cm. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York (Colección Walter H. y Leonore Annenberg). Este retrato se relaciona con los grabados japoneses de Toyohara Kunichika. Van Gogh se inspiró en las estampas japonesas que utilizaban flores como telón de fondo.




Van Gogh, intentando vivir según la ética y la mirada de Japón en el sur de Francia.

Después de dos años en París, Van Gogh dejó atrás el bullicio de París en febrero de 1888. Partió hacia Arles, en el sur de Francia donde esperaba encontrar la paz espiritual que necesitaba y "la claridad de la atmósfera y los efectos de color" de los grabados orientales. Le escribió a su amigo Gauguin, que también estaba fascinado con los ejemplos japoneses, que en su viaje miraba por la ventanilla del tren para ver si todo era como Japón.

Vincent Van Gogh. Campo con flores cerca de Arles (1888). Museo Van Gogh Amsterdam.


Los dos creían que los artistas deberían trasladarse a regiones más meridionales y primitivas, en busca de colores vibrantes. Durante al menos un año, van Gogh vivió en Provenza en una especie de sueño japonés. No fue una ilusión, sino más bien una proyección imaginativa de una visión idealizada de Japón en el paisaje francés.

Vincent Van Gogh. Almendros en flor, Saint-Rémy-de-Provence, febrero de 1890. Óleo sobre lienzo, 73,3 cm x 92,4 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam. Vincent pintó estas flores de primavera para su sobrino recién nacido. Se inspiró en el tema del grabado japonés, como podemos observar en la posición de la rama grande en el medio del plano pictórico. Alzó la vista y acercó el zoom al mismo tiempo.



Vincent dejó su colección de grabados en París con su hermano Theo. Ya no la necesitaba. Y, poco a poco, comenzó a incorporar  en su estilo las lecciones de ukiyo-e, sus audaces contornos y campos de color, perspectivas truncadas y figuras sin sombras. Tres meses después de establecerse en Arles, le dijo a Theo que había comenzado a "ver con ojos japoneses". Sabía que, como en los grabados japoneses, había que representar composiciones con un horizonte bajo o sin referencia al mismo. Y, en cuanto a los temas que debía fijarse en la naturaleza y captar sus detalles aparentemente insignificantes como flores e insectos. Le decía a su hermano en la carta del 9 al 14 de septiembre de 1888: "Siempre me digo a mí mismo que aquí estoy en Japón. El resultado es que solo tengo que abrir los ojos y pintar justo lo que me impresiona que me encuentro en frente de mí".

Vincent van Gogh. Mariposas y amapolas, Saint-Rémy-de-Provence, mayo-junio de 1889. Óleo sobre lienzo, 35 cm x 25,5 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam. Cuando Van Gogh hizo esta pintura, comenzó con las flores y las mariposas y luego llenó el fondo azul. Esto queda claro por el hecho de que los trazos anchos de pintura azul de vez en cuando cubren los tallos verdes de las flores. Van Gogh incluso dejó una parte del lienzo sin pintar, con la tela desnuda visible. Utilizando varios tonos de verde, le dio profundidad a la maraña de tallos, hojas y pétalos. Van Gogh capturó hábilmente el espíritu de las delicadas amapolas. Algunos de los brotes están a punto de reventar.




Vincent Van Gogh. La habitación, Arlés, octubre de 1888. Óleo sobre lienzo, 72.4 cm x 91.3 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam. Van Gogh hizo esta pintura de su dormitorio en Arlés. Él mismo adecuó la habitación con muebles simples y la decoró con su propio trabajo colgado en la pared. Los colores brillantes estaban destinados a expresar absoluto 'reposo' o 'sueño'. Las reglas de la perspectiva parecen no haber sido aplicadas con precisión en toda la pintura, aunque el ángulo aparentemente extraño de la pared trasera no es un error de Van Gogh, sino que la esquina estaba realmente sesgada. También excluyó todas las sombras. Vincent le dijo a Theo en una carta que había "aplanado" deliberadamente el interior y había dejado fuera las sombras para que su imagen se pareciera a un grabado japonés. Van Gogh estaba muy contento con la pintura: "Cuando volví a ver mis lienzos después de mi enfermedad, lo que a mí me pareció mejor fue el dormitorio". 




También intentó trabajar de manera espontánea y hábil en sus propios dibujos. "Los japoneses dibujan rápidamente, muy rápido, como un relámpago, porque sus nervios son más finos, su sensación más simple", escribió Vincent a Theo. Sus dibujos son frescos y de estilo espectacular, con una amplia variedad de líneas onduladas, puntos y rayas.

Vincent van Gogh, granja en un Wheatfield. Arles, abril de 1888. Lápiz, bolígrafo y pluma de caña y tinta, sobre papel, 25.8 cm x 34.9 cm. Museo Van Gogh, Amsterdam.




Su interés en el arte japonés fue más allá de los problemas fríos de la estética y leía sobre la mística japonesa. De ahí le vino la idea de que los artistas japoneses intercambiaban trabajo entre ellos y, por ello, sugirió a Gauguin y a Bernard que hicieran lo mismo. En concreto, le escribió a Bernard: "Me conmovió el hecho de que los artistas japoneses a menudo hacían intercambios entre ellos. Claramente prueba de que se querían y que se mantenían unidos, y que había una cierta armonía entre ellos y que realmente vivían una especie de vida fraternal [...] Cuanto más nos parezcamos a ellos en ese sentido, mejor será para nosotros." Vincent les envió un autorretrato en el que se pintó a sí mismo como un monje japonés con ojos rasgados y cabello recortado. También les animaba a que se reunieran con él y formar una comunidad fraternal como los monjes budistas.

Vincent van Gogh, Self-Portrait, 1888, Harvard University Art Museums, Cambridge (MA), Fogg Art Museum. La identificación de Van Gogh con los artistas japoneses fue completamente sincera. Iba buscando un camino que no encontraba. Lo que se ve en este cuadro no es la calma espiritual que buscaba, sino sus penetrantes ojos que comunican la profundidad de su soledad, de su angustia, y el deseo de encontrar un lugar que valga la pena en el mundo.




Émile Bernard, autorretrato con retrato de Gauguin, 1888. Óleo sobre tela. 46 cm x 56 cm. Museo Van Gogh. Amsterdam, Holanda. Bernard pintó este autorretrato en el pueblo costero francés de Pont-Aven. Estaba trabajando allí con Paul Gauguin (que se muestra en el fondo de la imagen). En la parte inferior derecha, se puede ver un grabado japonés.



Paul Gauguin, Autorretrato con Retrato de Émile Bernard (Les misérables), 1888. Óleo sobre lienzo, 44.5 cm x 50.3 cm, Museo Van Gogh, Amsterdam. Gauguin se pintó bajo el disfraz de Jean Valjean, el personaje principal de la novela de Victor Hugo Les Misérables, equiparando al paria ficticio vibrante y amoroso con los artistas incomprendidos de su tiempo. Él escribió: "Al hacerlo con mis rasgos, tienes mi imagen individual, así como un retrato de todos nosotros, pobres víctimas de la sociedad, tomándonos nuestra venganza haciendo el bien". El alegre estampado floral de la pared era la forma en que Gauguin testificaba de "nuestra virginidad artística". Van Gogh quedó impresionado por el carácter melancólico del retrato. Describió las sombras en la cara de Gauguin como "lúgubres, teñidas de azul" y anotó que parecía enfermo y atormentado.



Al final, solo Gauguin vino. Pintó de la imaginación y animó a Van Gogh a trabajar de una manera más estilizada. Vincent le mostró a Gauguin lo que había aprendido de él y de las xilografías japonesas.

Vincent Van Gogh. Les Alyscamps, hojas cayendo. Noviembre de 1888, Arles. Óleo sobre lienzo, 73 x 92 cm1888, Museo Kröller-Müller, Otterlo. Pintó esta escena al aire libre una tarde de otoño y a vista de pájaro en una audaz composición, que excluye el horizonte y queriendo crear una fuerte diagonal. Los árboles dividen la pintura en zonas de color. La imagen tiene además otro significado simbólico, ya que este paseo es una avenida sobre la antigua necrópolis de Arlés, de ahí los sepulcros como bancos. 


Desgraciadamente, Van Gogh y Gaugin discutieron con demasiada frecuencia. En un altercado entre ellos se rebanó la oreja. Gauguin regresó a París. Vincent estaba empezando a mostrar los primeros signos de enfermedad mental. Fue ingresado en el hospital y luego en una clínica psicológica, y perdió la fe en su propia capacidad. Desarrollar el arte del futuro era un objetivo demasiado ambicioso y el pintor se refería cada vez menos frecuentemente en sus cartas al grabado japonés, aún así seguía presente en sus cuadros.

Su angustia se exhibe en una fila formidable de autorretratos que también incluye autorretrato con una oreja vendada, pintado en 1889 después de que se mutiló a sí mismo. Aquí el contraste entre los graciosos ideales que Van Gogh vio en el arte japonés y su propia realidad torturada es aún más doloroso. Las pinceladas verticales sorprendentemente gruesas están muy alejadas de la planitud de ukiyo-e. Y, sin embargo, en la pared detrás de él, Van Gogh ha pintado en gran detalle "Geishas sobre un paisaje", una impresión ukiyo-e producida por Sato Torakiyo en la década de 1870. Su presencia muestra cómo continuó preocupado con su fantasía de Japón, incluso cuando su salud estaba disminuyendo. El hombre que nos mira desde detrás de esos ojos azules está muy lejos de la calma que proyecta el paisaje. Es un personaje que lucha para mantenerse sano.

Vincent Van Gogh. Autorretrato con oreja vendada. Arles, enero de 1889. Óleo sobre lienzo, 60,5 × 50 cm. Courtauld Institute of Art, Londres. Este autorretrato fue pintado poco después de que Van Gogh regresara a casa del hospital habiéndose mutilado su propia oreja. Van Gogh se representa a sí mismo en su estudio, usando su abrigo y un sombrero. Para encajar su propia cara en la composición, Van Gogh ha cambiado las figuras y el Monte Fuji a la derecha del grabado.


En mayo de 1890, Van Gogh se mudó de Arles, en la soleada Provenza, al pueblo de Auvers-sur-Oise, al norte de París. Allí se hospedó en el Café Ravoux y recibió tratamiento del Dr. Paul-Ferdinand Gachet. Entre el 17 de junio y el 27 de julio, Van Gogh pintó trece lienzos de las plazas, loss jardines y campos de Auvers. Una de las últimas obras de Van Gogh, Lluvia sobre Auvers, pintada poco antes de su suicidio en 1890, es en realidad su última interpretación de la forma gráfica en que se muestra la lluvia en grabados como Hiroshige.  La última lluvia de Van Gogh no tiene nada en común con la de Hiroshige ni con la de nadie más. En su última carta, se expresó "completamente absorto en la inmensa llanura con campos de trigo contra las colinas, sin límites como un mar, amarillo delicado, delicado y suave color verde, la delicada violeta de un pedazo de tierra excavado y desherbado".  La atmósfera recuerda uno de los poemas favoritos de Van Gogh, The Rainy Day de Longfellow "Mi vida es fría, oscura y lúgubre; llueve y el viento nunca se cansa... En cada vida debe caer algo de lluvia, algunos días deben ser oscuros y lúgubres ".

Vincent Van Gogh. Lluvia en Auvers, Junio 1890. Óil sobre lienzo, 50,3 x 100,2 cms. Colección Davies Sisters, Gales.


Van Gogh se pegó un tiro y murió el 29 de julio de 1890, poco después de pintar este trabajo.
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